Por Antonio Arroyo Silva
Hace unos ocho años, cuando era
feliz y casi indocumentado como ahora, pensar que iba a hacerle una entrevista
a Luis León Barreto era del todo descartable. Descartable no por la falta de
atrevimiento, ni por simple timidez; sino porque hasta entonces y desde los
tiempos inmemoriales de aquella acertada publicación semanal llamada El Puntal y tras su efímera vida, seguía
religiosamente aquella columna del periódico La Provincia de cuyo nombre no me
acuerdo y en mi desmemoria rebauticé «Luis León Barreto». Dicho sea de paso,
sólo abría el mencionado periódico para leer sus opiniones a veces punzantes, a
veces tiernas o llenas del amor y desamor de la vida. En resumen, Luis era para
mí — y lo es— la cumbre del periodismo de estas ínsulas. También de la narrativa,
por supuesto. Yo veía a nuestro autor como un periodista mestizo de literatura
y esa honestidad que necesita todo articulista para informar. Y por otra parte,
al gran novelista que no caía en los vicios y costumbres del oficio del
tabloide. Un lenguaje muy cuidado que me llegaba hasta la tráquea de la
sensibilidad y me dejaba respirar y ver mundos.
Y aún sigue causándome ese efecto.
Es pertinente hablar aquí de cómo
leí su novela Las Espiritista de Telde.
En los primeros años de este mi largo exilio voluntario en la isla de Gran
Canaria, mi madre, que venía desde La Palma a pasarse unas temporadas con
nosotros, me trajo esa novela que yo mismo había comprado tiempo ha en La
Laguna y que ya había leído; pero ella me habló con tanto entusiasmo tras su lectura
atenta y crítica, que yo volví a leer a
«ese chico que escribe tan bien —así decía ella—de Los Llanos».
No voy a hacer aquí una reseña de
toda tu obra, Luis, pero sí destacar el hecho de una mujer que me abrió los
ojos hacia tu literatura. Una madre que vino de la Isla con tu palabra y que
ahora forman parte (isla, madre y palabra) de mi lar del sueño, que por algo
tiene forma de corazón. Sabes bien que, en cuanto a escritura, a este palmero
le sobran los sentimentalismos, porque
no conducen siquiera a los senderos que se bifurcan que cantaba Borges;
pero es necesario que tú sepas este hecho tan curioso como entrañable.
Y hablando de La Palma, yo que
también soy un palmero de ida y apenas vuelta, pero que cuando vuelve se trae
el terruño en una cajita de cartón junto al Príncipe Alberto y las rapaduras…es
hora de hablar de los indianos. No sabes la alegría y emoción que me produjo tu
última novela: mi infancia ya no en cajitas de cartón sino en palabras, en
palabras-llave-que-abren-cerrojos-y-proyectan-vida. Sin embargo, como Pessoa
decía que el poeta es un fingidor que finge tan profundamente que hasta finge
que es dolor el dolor que en verdad siente, no quería caer en el discurso
emotivamente inocuo, ni en la dicción académicamente ladrillil sino llegar a
una tierra de nadie y de todos. Por eso he optado por atreverme—ya era hora— a
hacerte estas preguntas.
-¿Es realmente Carnaval de
Indianos una novela sobre el carnaval de La Palma o es el carnaval el hilo
conductor que nos va introduciendo en esa memoria palmera colectiva?
-El carnaval es el hilo conductor
en esta novela-río, el carnaval no es un fin en sí mismo sino que actúa como la
excusa para indagar en el paisaje físico y humano de la isla. Claro que también
quería resaltar que el lunes de carnaval en Santa Cruz de La Palma conserva el
espíritu más genuino: la chanza, la anarquía vital, el ron, el romper los
papeles tradicionales de la sociedad palmera, que es tan tradicional en todo.
El carnaval es un espejo donde se mira la isla, y es un referente de la
emigración hacia Cuba.
-Desde el punto de vista de la crítica literaria, se entiende por influencia el seguir al maestro que de
muchas maneras ha enseñado a su discípulo a plasmar esa aprehensión del mundo. Consecuencia sería el siguiente paso,
según argumenta Jorge Rodríguez Padrón: un escalón propio de la madurez del
escritor que supondría ir más allá del, digamos, maestro, solo por lógica
evolución de la escritura. Tú mismo has manifestado que en tu novela hay una
influencia de John Dos Passos. Por mi parte aprecio que tus personajes no están
analizados de forma superficial como en Manhattan
Transfer del citado novelista norteamericano, sino que todos confluyen en
un hecho concreto, en una celebración de la vida que supone la fiesta de los Indianos,
nada de pesimismo existencial, sino vitalismo. Entonces, ¿influencia o
consecuencia? ¿Hasta qué punto llega esa consecuencia a tu narrativa?
-El modelo de la novela-río es
muy antiguo. Para este libro me pareció que es la estrategia que mejor funciona:
quería describir la Calle O’Daly y la gente que ese día la anima. En la novela
hay contraluces, como en la vida misma, pero en realidad lo que pretendía es
resaltar el aspecto lúdico y anárquico de la celebración, la alegría de la
multitud, el vitalismo. La novela la escribí en estos años de dura crisis, y en
momentos así también conviene resaltar aquel viejo lema de los clásicos: Carpe
Diem, disfruta el momento. Por otro lado, siento admiración por la novela
norteamericana, tan dinámica y totalizadora. Creo que Manhattan Transfer fue una lectura mía de los 20 años. Influencia y
consecuencia, pienso.
-Y hablando de consecuencias, ¿qué supone para ti la narrativa cubana,
especialmente la de Alejo Carpentier? ¿Definirías tu novela como barroca?
-Alejo Carpentier tiene una prosa
excelsa, por ello fue el primer Premio Cervantes. Cuando salió Las espiritistas de Telde en el
periódico El País se dijo que era una mezcla de Polanski y de Carpentier. Sí,
me seduce mucho la obra de Carpentier por su musicalidad, por su investigación
lingüística, etnográfica, por su elogio de la idiosincrasia. Ciertamente en mi
novelística ha estado presente el sentimiento barroco, creo que los canarios
también somos barrocos, pero barrocos no expansivos como los latinoamericanos sino
que lo somos con ocultación, hacia dentro. Con un lenguaje lleno de arcaísmos,
de voces americanas, de portuguesismos. De cualquier modo, ahora soy menos
barroco que cuando empecé a escribir.
-Todos los que somos de La Palma tenemos en nuestros recuerdos algún
pasaje relacionado con los Indianos y especialmente con Sosó o la Negra Tomasa.
Desde mi punto de vista, has unido muchos recuerdos y el conjunto de los mismos
forma una parte de la conciencia colectiva de los palmeros. ¿Es tu novela un
intento de rescatar dicha conciencia y dársela de nuevo a los jóvenes actuales
ya que es notorio que esos valores se están perdiendo, como tú mismo
manifiestas en tus artículos periodísticos?
-Sí, he querido hacer un elogio a
la isla, a su paisaje, a su paisanaje. Y en cierto modo he querido rescatar una
parte de la historia, de la cultura, de las leyendas, del pasado rural, del
patrimonio. De la conciencia, de la identidad, en definitiva. Pues claro que
esos valores se están perdiendo ya que en la era del whatsapp todo es rápido,
efímero, con tendencia a la insustancialidad. La vida actual es una pasarela
muy veloz.
-Por la novela pasan cientos de personajes reales que mucho tienen que
ver con el entorno cultural y social donde tú te mueves. Estos personajes pasan
como los otros de aquella gran
película de Amenábar. Después, hay otros personajes entre la leyenda y el
recuerdo que mucho tienen que ver con la historia de nuestra isla y, por
último, está Moneyba y su grupo, Lino y algunos más que representan el futuro
más o menos lejano que supone el momento presente de los anteriores. ¿Qué
intención novelística tienen los primeros que te nombro? ¿Son más reales los
personajes que tú elevas a la categoría de legendarios?
-Hay mucha realidad en este
libro, pero también hay importante porcentaje de ficción, como no podía ser
menos. Entre la leyenda y el recuerdo pululan personajes del pasado, además
está el corro de chicas que salen a divertirse, y la gente digamos corriente.
Los personajes digamos legendarios yo los veo muy reales, me interesan en la
que medida en que configuran el pequeño Macondo que es La Palma. También quería
hacer una celebración con amigos y conocidos, la gente que se pasea con ganas
por la Calle Real: escritores, pintores, profesores, empresarios, hasta
políticos que van y vienen.
-Respecto a los anteriores, por ejemplo don Orencio Kábana ¿hasta qué
punto se cumple en la idiosincrasia palmera aquella característica de la
narrativa hispanoamericana tan cacareada por los críticos que habla de
civilización y barbarie que ya preconizaba el argentino Domingo Faustino
Sarmiento en el siglo XIX durante su exilio chileno?
-Sí, La Palma padece una
esquizofrenia bastante curiosa. Un espacio pequeño, de orografía potente, con
tales dosis de caciquismo y, paradójicamente, de pensamiento avanzado. Ese
cacique del norte que vivía con cuatro mujeres en su casa y la autoridad lo
respetaba porque daba trabajo a muchos, y tenía buenas ideas para colectivizar
cosas. Por otra parte, la llegada de la imprenta dio lugar a una gran floración
periodística: publicaciones gremiales, anarquistas, masónicas, católicas,
conservadoras, republicanas. En un territorio tan asediado hubo siempre un
pensamiento de avance. La masonería tuvo una notable importancia, pues hubo
logias muy activas y efervescentes, que dejaron huella en muchas facetas,
incluso en parte del clero. Luego vino la terrible represión de la guerra
civil, en la explanada del convento de San Francisco fueron quemados libros y
documentos de la masonería, allí congregaron a muchos detenidos, de allí
sacaban a algunos, hubo docenas de
desaparecidos cuyos restos se están buscando todavía. Este tema despierta
todavía miedos atávicos en la población.
-Nuestro amigo senegalés recientemente fallecido Amadou Ndoye en una
ocasión dijo que el surrealismo estaba en el folklore wolofí y el mismo Bréton
manifestó, cuando llegó a Tenerife, que nuestras islas son surealistas.
Conclusión, cada pueblo tiene su propia apreciación mágica y surreal del
entorno. ¿Hasta qué punto percibes la nuestra, la canaria, como un producto
mestizo o síntesis de lo africano y lo hispanoamericano, aparte de otros
superestratos que tú mencionas en tu novela? Y, teniendo en cuenta esta
cuestión, ¿cómo definirías el Realismo en la novela actual?
-Claro que la apreciación mágica
de Canarias podría intentar definirse como una síntesis de lo africano y lo
latinoamericano, en particular de lo caribeño, sin descuidar obviamente los
ancestros. El realismo en la novela actual es un gran cajón de sastre:
filosofía y poesía, ensayo, drama. Y la novela sigue siendo un género vital y
abarcador en el que cabe casi todo. Por eso gente realista como Houellebecq
escribe de esa manera tan desinhibida, porque a lo que aspira es a provocar.
-Tras la lectura atenta de Carnaval
de Indianos, percibo una cosmovisión singular que supone una evolución de
tu narrativa, ¿qué proyectos tienes respecto a esta novela? ¿Da La Palma para
escribir muchas novelas made in León
Barreto?
-Siempre se dice aquello de que
los elefantes, cuando se les aproxima la edad de la muerte, regresan al lugar
en que han nacido. Es importante recuperar las raíces, sí. Cuando estoy allí La
Palma me inspira, me surgen ideas. Estoy contento: la gente empieza a entender
el mensaje de Carnaval de Indianos, que
ha pretendido ser una novela de la isla.
-Y para terminar, ¿cómo ves el panorama social y cultural de La Palma
ahora mismo? ¿Se podría llegar de nuevo a esa época dorada de antaño?
-El panorama sociocultural no es
el mejor posible, a los políticos la cultura con mayúscula suele interesarles
poco aunque evidentemente ha habido y hay excepciones que confirman la regla.
Pero sí que advierto gente joven trabajando con ganas en literatura, en teatro,
en cine, en música, en artes plásticas, hay una cierta ebullición,
particularmente visible en Santa Cruz de La Palma. Cierto que hay una especie
de adormidera general, y menos mal que el Teatro Circo de Marte sigue
habilitando muchas cosas. Una pena que en el valle de Aridane no exista apenas
ocio cultural, a pesar de ser una comarca tan poblada. Se mantiene una especie
de letargo pero, existiendo esa materia prima de los creadores, que sí se hacen
visibles con frecuencia, es de esperar que en los próximos años la situación
mejore. Hay que constatar la presencia de núcleos de creadores extranjeros,
particularmente alemanes, que de vez en cuando nos sorprenden con sus
exposiciones de pintura, su fotografía, sus bandas de jazz, su artesanía basada
en elementos de la isla. De tanto mestizaje con miles de extranjeros residentes
en la isla hay que esperar, sí, un renacimiento.
(La fotografía de la Negra Tomasa fue tomada del periódico digital El Apurón)
Felicitaciones Antonio Arroyo. Una entrevista bien llevada de un libro que tendrá un largo, largo recorrido.
ResponderEliminarblog-rosariovalcarcel.blogspot.com
Buena entrevista-entrevistado de dos palmeros que merecen su lugar en la literatura canaria.
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