miércoles, 22 de junio de 2022

Era de la indiferencia



Eduardo Sanguinetti, filósofo, performer. Buenos Aires.

Cuándo la realidad se convierte en una obsesión, produce una pérdida de identidad, no ignoremos que la sensibilidad exige distancia - un extrañamiento de la realidad cotidiana-, pues la ley de la realidad se asemeja a la ley de la gravedad: ambas son ineludibles, universales y particulares.

Lo humano tiene que ver precisamente con ese espacio de tensión dinámica entre adaptarse y autoorganizarse, entre acatar o delinquir. La obsesión por la realidad no garantiza en absoluto mayor realismo en esta era de la amabilidad cual subterfugio de la indiferencia generalizada, como tampoco mayor realismo garantizara una justa valoración de la realidad. Y la total despreocupación tampoco es justamente un signo de irrealidad.

 Sin dudas, permanecemos en el milenio de la indiferencia, de los actos de amabilidad hipócrita, al servicio de la voluntad de perder y diluir la tonalidad de los acontecimientos que se suceden, siempre al margen de la voluntad de los pueblos que experimentan una transfusión de incertidumbre y sobrevida.

 El terrorismo pareciera que ya no inquieta, la disidencia tampoco, no puedo evitar añadirlo. El intelectual crítico, revolucionario, se ha convertido en "bufón de palacio", basta leer los impresos laminados que se le imprimen editoriales corporativas, a estos representantes de la cultura escatológica de este tiempo de simuladores seriales, que toman en consideración los acontecimientos blandos, omitiendo que esas publicaciones son falsas respuestas a problemas reales, verosímiles.

 Una réplica a la misma indiferencia de las significaciones políticas, a la insignificancia de los funcionarios de gobierno, cualquiera sea la ideología de artificio que profesan, como propedéutica de una cultura que ya no existe...

 En suma, sobre un fondo de indiferencia extrema, se recomienza a confiar en la menor diferencia. Así es como se plantea hoy toda la humanidad la cuestión de la propia identidad....

 Trátese de quién sea, incluso los partidos políticos o los sindicatos, cada cual esgrime a su manera contra del estado que encarna actualmente la indiferencia (la democracia de este tiempo sólo se distingue de los regímenes totalitarios en que éstos sólo ven la solución final en el exterminio, mientras que la democracia la realiza en la indiferencia), cada cual plantea su mínima y pequeña diferencia. Cuestión de identidad...

 Pero esto sólo lo ofrecen unos acontecimientos blandos, pues la identidad es un valor diferencial por defecto, con efecto potencializado por un aparato poderoso de distracción, instalado por poder supremo de los patrones de la realidad manipulada y manoseada... No vemos reducidos a esta esclavitud del límite, por la indiferencia general, inocultable y bastante repulsiva... Y, la reivindicación de identidad no es más que la contrapartida de las ideologías muertas.

 El cenit de la diferencia es pasado, incluso en filosofía, basta apreciar como la metafísica ha sido eliminada de los programas de estudio, entre otros temas que hacían a la diferencia...

 Vivimos en la era del cenit de la indiferencia, congelamiento del espíritu público, indiferenciación del escenario de la política, reivindicación exacerbada de la identidad sobre un paisaje de indiferencia general y plural.

 La promoción de la diferencia como tema primordial en agenda de gobiernos espectrales, con luces, brillos metálicos y artilugios que elevan el grado de simulación en la escena pública, donde el secreto se ha diluido... Lo apreciamos también, sin dudas en el espacio de la política, donde cada discurso del sujeto-objeto político es en principio su propio objeto publicitario, todo deviene en obscenidad... Por cierto irreversible, por más cualidades de tonalidades ligeras y estéticas que le deseen adosar.

 Este es el estado artificial y continuo que como telón de fondo, recibimos. Lo que resultaría más ingenuo sería elevar al terreno del deseo enterrado en el cementerio de los sueños rotos, lo que ya existe como realidad... Y esa avidez de vida, indiferenciadamente amable, esa presencia de velocidad extrema en actos ramplones y previsibles de imbecilidad, cual modelo de un tiempo de bestias, desbaratan toda imagen razonable de funcionalidad.

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