lunes, 27 de junio de 2016

El avispero postelectoral y la desigualdad



         Con los zascandiles que tenemos como líderes políticos, no será extraño que el panorama de los pactos de nuevo resulte más que complicado. Mucho nos tememos que las semanas vayan pasado con los consabidos pulsos y ninguneos, yo no voy a apoyar a aquel, ni me voy a juntar con este otro. Con el desaliento pisándonos los talones, tal vez sucede una cosa muy simple: la democracia representativa ya no sirve para mucho, puesto que, además de la banalidad de los políticos, el poder reside en un ente poderosísimo a quien podríamos llamar el mercado, la gran banca, las multinacionales, las bolsas. Pues entre el poder económico y el poder político, la respuesta está clara: manda el primero.  Sin olvidar la incongruencia de los políticos, capaces de mentir setenta veces siete, sin que sepan representar el sentir de quienes depositaron en ellos su voto. El verdadero poder se instala en el dinero, y de ahí se ahonda la desigualdad entre las regiones, entre las capas sociales. Si las estadísticas no mienten, la crisis ha enviado a la pobreza a tres millones de españoles que estaban dentro de la llamada clase media. Si hacemos caso a la última encuesta publicada por el Instituto Nacional de Estadística sobre condiciones de vida en nuestro país, resulta que casi la tercera parte de la población que reside en España está en grave riesgo de pobreza o de exclusión social. Muchas cosas no están funcionando bien en nuestro sistema, pues a pesar de la relativa mejora de los datos macroeconómicos y la aparente reducción del paro –bien es verdad que con empleo inestable y de baja calidad– el empobrecimiento forma parte del paisaje cotidiano.

        El 92 por ciento de los ciudadanos piensa que actualmente existe mucha desigualdad económica y el 72 por ciento cree que esos niveles van a continuar durante mucho tiempo. Los datos proceden del Barómetro de Confianza en la Economía que Metroscopia elabora cada mes, la ciudadanía no percibe que la aparente recuperación económica esté beneficiando al grueso de las familias. Pues desde que comenzó la crisis la brecha entre pobres y ricos ha aumentado de forma considerable. Aquí la cifra de multimillonarios se ha duplicado, son cerca de 500 los españoles que declaran un patrimonio de más de 30 millones de euros, cuando en 2007 eran solo 230. Y al mismo tiempo, según el Instituto Nacional de Estadística, más de 13 millones de personas, en su mayoría menores, están en riesgo de exclusión social. España saldrá más pobre y desigual cuando salgamos de la crisis, pues la situación de la mayoría ha empeorado durante los últimos años. El camino para recuperar las prestaciones sociales que existían va a ser dificultoso.

        En España se está dando el mayor desajuste de toda Europa, según el informe mundial de la riqueza que publica cada año la consultora Capgemini. El número de fortunas ha crecido un 50 por ciento en los últimos siete años, y el periodo 2008-2015 ha coincidido con la gran recesión, cuando el número de pobres ha crecido de manera descomunal. No debemos olvidar que en las crisis se generan los populismos xenófobos y racistas, un tal Adolf Hitler sabía mucho de esto cuando en Alemania un mísero pan llegó a costar millones de marcos. Los movimientos de ultraderecha se frotan las manos en el hasta ahora Reino Unido, en Austria, en Francia, en Polonia, etcétera.

        El incremento de las cifras no siempre habla de la realidad. Frente a la opinión mayoritaria de que la mejor forma de favorecer el bienestar es aumentar el crecimiento económico y la creación de empleo, en nuestro país la experiencia niega este aforismo. Pues el crecimiento del 3,2 por ciento que el producto interior bruto experimentó el año pasado no se ha traducido en una mejora del bienestar social. Cierto es que la tarta ha crecido, pero no se reparte de manera justa. ¿Será acaso verdad que la desigualdad en el capitalismo es estructural, y que la desigualdad es de recursos y poder, que se refuerza con la desigualdad entre géneros, etnias, países, etcétera?

        En Canarias el panorama pinta ligeramente mejor que en la media nacional, con los hoteles a rebosar y una pequeña reducción del paro, aunque está por ver de qué manera nos va a afectar la previsible reducción del turismo británico. Ojalá no se convierta en otro frenazo para la verdadera recuperación, que consistiría en una contratación más justa, una mejora de los salarios y de las oportunidades laborales para los más jóvenes. Otro problema que tenemos es el envejecimiento de la población, cada año nacen menos niños y cada vez mueren más personas, además de que muchos inmigrantes están retornando a sus países de origen o marchando hacia la Europa más desarrollada. El año pasado el número de defunciones superó por primera vez a la cifra de nacimientos, un hecho que no sucedía desde el fin de la guerra civil. Canarias se salva por los pelos, aquí siempre ha sido mayor el nivel de fecundidad y el crecimiento de la población se mantiene, aunque débilmente. Un hecho lógico, dada la escasa ayuda a la maternidad, la nula protección de las familias.

Por lo que respecta al paisaje tras las elecciones, el señor Rajoy insiste en que debe gobernar puesto que es el único que ha tenido resultados favorables. ¿Pero con quién va a conformar la mayoría en el Congreso? Los socialistas se desangran en la vieja pelea interna, los podemitas se han llevado una sorpresa descomunal porque muchos dejaron de apoyarles, los de Albert Rivera casi se han esfumado. Si el PP sumó 13 escaños más, la cifra pudiera ser el resultado de los 5 que perdió el PSOE y los 8 que se dejó Ciudadanos en el camino. Con todo lo sucedido, los partidos políticos están condenados a mover ficha pero sus líderes de momento exhiben poca cintura política. Está claro que los españoles no desean aventuras sino que quieren centrismo y moderación, pero ¿con qué apoyos va a contar el PP para formar gobierno? De cualquier modo, es de esperar que no nos lleven a votar de nuevo en Navidades. La señora Merkel y Bruselas presionarán cuanto puedan y los poderes económicos no se andarán quietos. Si no se ponen de acuerdo, la desafección ciudadana se incrementará, a la vez que crecerá la sensación de ridículo. Claro que para sensación de ridículo, la que les ha quedado a los británicos después de la alegre convocatoria del señor Cameron. Y es que los referéndums los carga el diablo. Tan solo don Francisco Franco sabía manejar esa cuestión, cuando obtenía el 102 por ciento de síes a sus leyes orgánicas, votaban los que estaban en Alemania y en los cementerios.

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