
Edgard Allan Poe, uno de los fundadores del cuento moderno, fue un hombre atormentado y genial. Un escritor que, por encima de todo, se exigió ser escritor en una época en que las editoriales no pagaban derechos de autor ¿de verdad los han pagado alguna vez con cuentas claras? Poeta, periodista, narrador, ensayista, persiguió la belleza a pesar de los muchos reveses que le dio una existencia tan atormentada como la suya, en la que figuran la angustia económica, el abuso del juego y del alcohol, así como los delirios mentales. Sus relatos de terror, detectivescos o de ciencia ficción, son tan potentes que no solo inauguran géneros sino que ejercen una gran influencia en la historia de la literatura universal, en cierto modo anticipan el vigor de las letras norteamericanas. Admiradores suyos son por ejemplo Baudelaire, Dostoievsky, Kafka, Lovecraft, Cortázar, Borges, Conan Doyle (el inventor de Sherlock Holmes) y un larguísimo etcétera.
Casi
dos siglos después, Poe no envejece. Su empeño, tan iluminado, por subsistir
exclusivamente en base a los ingresos de su obra literaria le costó
innumerables disgustos y en cierto modo fue la causa que lo derrumbaría
definitivamente. Una muerte demasiado precoz, a los 40 años, muestra su fiereza
romántica, su afán por vivir frente a todos las prohibiciones de su época.
El
inmortal autor del poema El cuervo, el genial escribidor de El escarabajo de
oro, el autor de relatos breves tan sublimes como El barril de amontillado, Manuscrito encontrado en una botella, Berenice,
Ligeia, Los crímenes de la calle Morgue o Conversación con una momia es una
autoridad cuya obra no pasa de moda, y da pie a continuas adaptaciones del cine y
la televisión.
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