El torbellino de la historia se
acelera en momentos como este y, para que todo siga como antes, hasta
Maquiavelo opinaría que algo debe cambiar en la superficie. En este mundo de
nuestros días muchas cosas están en revisión, y, tal como anunciaba Bob Dylan
en aquellos años oscuros de la guerra de Vietnam y la contestación de los
universitarios en los campus norteamericanos, los tiempos están cambiando.
Digamos que los tiempos avanzan con vértigo, los cambios tecnológicos hacen que
nos movamos a impulso de whatsapp, a croniquilla trompetera de twitter,
mientras los viejos cánones con verdades presuntamente inmutables se resisten a
desaparecer del escenario. Lo que acaba de suceder con la abdicación del Rey
podría tener efecto de catarsis colectiva o, acaso, en el peor de los supuestos
podría ser otro elemento de desestabilización en un país sometido a demasiadas
tensiones de amplio calado, una crisis demasiado larga a la que no le quitan
virulencia las pequeñitas rebajas en las cifras de parados, tan cuestionadas
por la mayoría que no ve progreso ni mejoría en el horizonte inmediato. La
calle se mueve, las nuevas fuerzas políticas piden entrar en el reparto pero aun
así, no parece que la democracia asamblearia gane la partida con los
pretendidos referendos de Cataluña, el debate Monarquía/República o la consulta
sobre las prospecciones petrolíferas. La cosa no da para tales alegrías, bien
que lo saben quienes mandan. Porque quienes mandan todavía gozan de amplia
mayoría en el Congreso que les permite imponer su voluntad. ¿Afrontarán el
pérfido Rubalcaba y el inmutable Rajoy las cuestiones federales con el encaje
de Cataluña y Euskadi, los cambios de la Constitución, la persecución del
fraude fiscal, la discriminación de las mujeres en la línea sucesoria del
trono, etcétera?

Aprovechando el caldo de cultivo de la anunciada abdicación, los partidos que se vieron fortalecidos en las europeas señalan que es el momento de plantear el referéndum entre Monarquía y República, las primeras convocatorias trajeron un moderado optimismo a quienes claman por la bandera tricolor. Recuerdan que los partidos políticos “de la casta” no han llegado al cincuenta por ciento de los votos y que por ello todo debe estar en profunda revisión, incluida la institución monárquica.
Como se ve, todo está en el alero como si hubiera llegado el instante cumbre de que suenen los clarines y sintamos el crujir de dientes que nos anticipa el Apocalipsis para el estruendoso día del Juicio Final, las llamas de la eterna condenación, el abismo infinito. ¿Toda esta revoltura responde a un cambio generacional profundo, a la crisis del propio sistema, a la pérdida de prestigio de la monarquía en los últimos años, a la desconfianza que el ciudadano siente hacia los políticos que lo representan, a las consecuencias de los dineros ilegítimos de Urdangarín y la infanta Cristina?
Según las definiciones de la Real Academia la palabra crisis, que viene del griego, tiene siete posibles acepciones: cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para que el paciente se agrave; mutación importante en el desarrollo de procesos físicos, históricos o espirituales; situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese; momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes; juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente; escasez, carestía, y, finalmente, situación dificultosa o complicada.
La crisis no solo es económica sino que es mucho más profunda. La tentación es aplicar parcheos aquí y allá, aunque la carretera no se arregla con esos parcheos sino que necesita una capa de asfalto limpio y flamante. Y la crisis contiene también la respuesta: para que todo siga igual, algo debe cambiar con verdadera deprisa. Ahora vendrá la era de los gestos y de los consensos, una palabra que hace mucho no se conjuga por aquí. Hay muchas cosas que deben cambiar con tal de que el sistema nos siga mangoneando de la misma manera que lo ha hecho siempre, sin que les importemos un bledo. A propósito, un amigo me sopla que, ya puestos, Rajoy también debería abdicar y convocar elecciones, ya.
Me quedo con tu frase "algo debe cambiar deprisa"
ResponderEliminarblog-rosariovalcarcel.blogspot.com