
Siempre he
creído que quienes salvan la vida en las islas son las mujeres. Los hombres
emigraban a Cuba y Venezuela, o emprendían la larga zafra de la pesca y ellas
sacaban adelante las familias, los cultivos y el ganado, la casa limpia y
dispuesta para cuando él volviera, si es que volvía. Durante siglos, no
aparecen nombres de mujeres escritoras en nuestra tierra, y las pocas que
aparecen lo hacen subrepticiamente, adoptando seudónimos para no ser señaladas
con el dedo. La nuestra ha sido una sociedad rural y conservadora, fuertemente
patriarcal. En esta sociedad poco desarrollada, la mujer tarda mucho en
abandonar sus roles tradicionales e incorporarse a la vida pública. Casos como
el de María Rosa Alonso, Mercedes Pinto, Josefina de la Torre, Josefina Pla, la
musicóloga Lola de la Torre,
la pintora Lola Massieu han sido excepciones que confirman la regla. También lo
fueron Pilar Lojendio, premio Julio Tovar, y Pino Ojeda, premio Tomás Morales,
ambas de la generación del medio siglo. Este pueblo nuestro entenderá algún día
que los escritores, los pintores, los creadores forman parte de su patrimonio
espiritual, y por ello conviene rescatarlos, difundirlos. Juan Francisco
Santana Domínguez, profesor, historiador, hombre combativo que sabe mucho del
rescate de la memoria histórica, publicó el libro Pino Ojeda. Pintora y poeta (Anroart), en el que hace una completa
semblanza de la vida y la obra de esta creadora inconformista cuyo mayor pecado
fue crecer en el duro franquismo y padecer el cerco de una sociedad intolerante
en la cual la mujer artista tenía muy poca cabida. Ahora diversos ámbitos
ciudadanos emprenden desde otro ángulo un nuevo reconocimiento a la entrañable
figura de nuestra poeta y pintora.
Pino
Ojeda rompió moldes, se enfrentó al dolor y a la adversidad. Nace en Teror, 1916; en 1937 se casa
con Domingo Doreste y en el 39 muere su marido en el frente de guerra. Viuda
joven, padeció dificultades de todo tipo pero tuvo coraje y entusiasmo para la
creación. Así, logra ser accésit del muy prestigioso Adonais, en 1953, con su
libro Como fruto en el árbol. Ya
entonces nos descubría una mirada sensual y atrevida, llena de emociones.
Padece graves enfermedades y momentos depresivos pero se va abriendo paso. Con
su pintura llega a la
Península, a Suecia, Italia, Alemania, Francia, Suiza, EE.UU.
En abril de 2002 muere dejando 21 libros inéditos. Este libro, exacta y
exhaustiva biografía, es la primera piedra para la recuperación de su nombre.
Pino Ojeda siempre me pareció apasionada, generosa y desprendida, vivía la literatura
como una especie de elevación mística e intelectual al mismo suerte. Tuvo poca
suerte: nació antes de tiempo, fue una adelantada de la creación femenina. Le
pasó lo mismo que a Chona Madera y a tantas pioneras: vivieron en un contexto
que no valoraba a la mujer intelectual. Pino Ojeda fue un caso típico de las
represiones que sufrieron las mujeres que se salían de la norma durante el
largo y oscuro periodo del franquismo. Pero su poesía honda, el desgarro
emocional, la intensidad y la melancolía de su mirada, y esa pintura fruto de
una ensoñación volcánica siguen con nosotros. Lo importante ahora es que sus
muchos libros inéditos vean la luz, y se editen antologías de su obra para que
la conozcan las nuevas generaciones. Porque la obra de un poeta es un jardín
sin flores si no recibe la lectura de personas atentas a su mensaje. Y
cualquier homenaje a la memoria de un escritor ya fallecido es también un
jardín sin flores si no va acompañado de la edición y difusión de algunas de
sus obras más importantes.
Pino fue una mujer telúrica,
mágica. Se atrevió a abrir caminos que casi nadie transitaba en aquella época.
Como decíamos, cometió el pecado de nacer demasiado pronto, en 1916, en un
lugar marcado por el patriarcado, el machismo, el ruralismo de la cultura y
tantos otros rasgos poco favorecedores. Pino tuvo que luchar contra corriente
toda su vida y en su camino se interpuso de manera dramática la guerra civil,
la larga postguerra, la represión de las emociones, la negación de casi todo.
No sólo escribió y pintó cuadros sino que también practicó la escultura y la
cerámica, facetas estas últimas en las que tuvo como maestro al ceramista y
escultor argentino Eduardo Andaluz, que vivió largo tiempo en Gran Canaria y
hoy reside en Bariloche, en su Argentina natal. Pino fue esencialmente una
mujer atrevida. Sin medios materiales, fundó una sala de arte en tiempos tan
difíciles que nadie apostaba por tales menudencias. Mujer generosa y muy
querida, se carteó con Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego o Carmen Conde, y dio
el primer y decisivo impulso a Justo Jorge Padrón.
Te busqué por los sueños es uno de sus grandes poemas. En él
muestra la ensoñación por el amado que se fue tempranamente. Hay en este
trabajo una hondura y una emoción a flor de piel:
Te busqué por la tierra, por
largos
pasillos de seres. Te busqué por
las noches,
por calles y sombras, por quietas
esquinas
agudas. Te busqué por los días.
Nadie
con carne y tacto me descubría tu
nombre.
Te busqué por los bosques: altas
miradas
rodaron por copas, por ramas, por
quietas
palmeras, por viejos pinos
lejanos. Pero nada,
nada tenía escrito tu nombre.
Te busqué por las hojas sobre
vientres
de campos morenos. Te busqué por
los trigos,
por valles y praderas de lirios,
por montañas,
por fuentes. Por cada sendero
oculto
iba gritando tu nombre.
Te busqué por los mares, por
frágiles
barcas de marineros mojados. Te
busqué
por algas, por peces, por rocas
agudas,
por olas y anchas playas doradas.
Te busqué más abajo, en lo hondo,
entre
viejas astillas de barcos remotos.
Olvidadas
cartas marinas no decían tu
nombre.
Te busqué por estrellas, por
nubes,
por albas, por quietos celajes.
Te busqué
por los aires, por la luna
callejera,
por locas primaveras saltando.
Te busqué por el tiempo, por los
siglos:
fríos cementerios no tenían tu
nombre.
Te busqué por un signo, un signo
de ave
y nadie, nadie podría
encontrarte.
Te busqué por los sueños:
por los sueños, tú me estabas
esperando.
Este poema completísimo pertenece
a un libro que fue un auténtico libro inaugural: Como fruto en el árbol, publicado en 1954 y que había logrado ser
accésit del muy prestigioso premio Adonais del año anterior.
Canarias es tierra de poetas,
pero de poetas poco conocidos de la gente. Es la percepción más común:
desconocemos lo que tenemos al lado. No lo valoramos de manera suficiente
porque tenemos unos atávicos complejos de inferioridad, que estiman de escaso
valor la literatura producida en esta tierra. El caso de Pino es simplemente un
caso más. De ahí que convenga emprender el rescate de esta y otras mujeres que
han elevado el nivel de las letras regionales. Hasta que no le hagamos justicia
a Pino y a todas las otras mujeres silenciadas de la creación canaria,
seguiremos siendo un pueblo subdesarrollado en la cultura. Pino Ojeda dejó más
de veinte libros inéditos, y mientras esos libros no vayan saliendo del baúl de
las sombras seguiremos siendo injustos con ella.
(Incluido en Memorial Pino Ojeda, edición
coordinada por F. Kintana Ruiz, El Palmar, Teror, 2008)
Una mujer grande que se definía como “creadora de recuerdos, momentos, instantes y pequeñas cosas”.
ResponderEliminarblog-rosariovalcarcel.blogspot.com
Muy agradecido por tus palabras y reseña mi queridísimo amigo Luis León Barreto. Un abrazo GRANDE.
ResponderEliminarPino Ojeda era la magia en sí misma y en un primer momento su biografía iba a titularse: "Pino Ojeda: magia de mujer" luego decidimos, hablando en una de esas cientos de charlas de tarde y nocturnas que tuvimos en su casa, pues titularlo como definitivamente salió a la luz. Era un ser apasionante, dulce, muy amiga de sus amigos, y así la recuerdo. En casa sigue una de las rosas, seca pero sin perder la forma, que le acompañaron en su último adiós. Parece que ella quiso que siguiera tal cual y así, tal cual, le recuerdo. Un ser muy grande y muy generoso que marcó mi vida.
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