sábado, 4 de julio de 2015

Aridane: la infancia era la edad de los sueños

El tiempo era redondo; avanzaba tan despacio que pensábamos que nunca llegaríamos a la edad adulta. El aire era plácido y la pequeña ciudad vivía tan lejana y ensimismada que los poetas la llamaban “la ciudad de ensueño”. El tiempo era circular, esférico, se detenía sobre sí mismo. Nunca pasaba nada, salvo la misa mayor de los domingos a las 11; la película del oeste, de Joselito o Marisol en el matiné de los domingos a las 4; las procesiones de Semana Santa; las fiestas de La Patrona y el paseo de los domingos entre la plaza y la avenida. En aquella edad, el tiempo me parecía tan remansado como el agua de los estanques, también redondos, en que aprendí a nadar, lejos del mar.
No teníamos televisión, y las emisoras de radio de Tenerife se oían mal porque el valle queda al otro lado de la cumbre, y por tanto en una zona de sombras. Verde y luminoso, el territorio de Aridane se desperezaba feliz cada mañana, y las noticias del mundo llegaban en sordina, a través de las pocas páginas de aquel Diario de Avisos donde comencé a escribir, precisamente para reclamar un instituto de enseñanza media. Eran otros tiempos, sí, y un alcalde me había llamado a su despacho en compañía de mi padre, y me amenazó con detenerme tres días en el calabozo municipal, a ver si se me calmaban los ánimos de ser un poco protestón. Yo estaba tan asustadillo que prometí enmendarme. Como ven, sin mucho éxito, porque elegí la profesión que a aquel alcalde de comienzos de los años 60 le parecía más peligrosa: la del periodismo, la de la literatura, la de las letras.
La infancia es la era más feliz de los sueños. Aquí crecí junto con otros compañeros, para los cuales también existían sólo dos posibilidades: o la platanera, o la carrera. Claro que no era fácil salir a estudiar, sobre todo cuando los padres no disfrutaban una buena posición. Pero algunos salimos, y casi todos nos dispersamos: unos a Tenerife, otros a Gran Canaria, algunos en Madrid, en Caracas, por Europa; hemos triunfado, o hemos perdido los pequeños y grandes lances del trabajo, del amor, de la soledad. La vida nos ha golpeado, pero la fiesta nos reúne de nuevo, y ésa es una gran noticia.
El valle de Aridane es –todavía- uno de los lugares más armoniosos de las islas. Y ahora el desafío consiste en incorporarnos a la modernidad de la economía turística, sin echar por la borda el respeto al paisaje y a las tradiciones. En las otras islas mayores, el “boom” turístico trajo una euforia constructora que no entendía de planes de ordenación del territorio; las consecuencias de este avasallamiento de los espacios se traducen en unos litorales destruidos irremisiblemente por la voracidad de la especulación. Ya el paisaje canario está seriamente dañado. Y después de tanto desastre, la razón nos dice que si hemos de recuperarnos, si tratamos de rescatar algo de la identidad perdida, es forzoso que cada ayuntamiento haga respetar las normas, la definición de su propio entorno, el patrimonio de usos y costumbres acumulado durante cinco siglos por la vida cotidiana de los isleños. Pues sólo siendo auténticos, sólo manifestando nuestra peculiar manera de entender el mundo, podremos mantener algo de nuestra personalidad atlántica.
Ahora que la isla de La Palma trata de incorporarse a la corriente del turismo, bueno será que las autoridades reflexionen sobre el cúmulo de errores ya detectados en el archipiélago para que jamás caigan en ellos. Pues la euforia de diseñar miles y miles de camas turísticas en un ecosistema tan frágil como el nuestro supone un deterioro irreversible. Y eso es justamente lo que todavía busca el visitante: el hecho de que La Palma posee una naturaleza hermosa, pletórica de verdes, y una gente hospitalaria, aunque recelosa y desconfiada ante el deterioro del medio ambiente.
La experiencia dice que ya no basta con el sol y la playa, ya que las nuevas generaciones de europeos vienen mentalizadas por el mimo a una naturaleza que ha de regenerarse frente a la lluvia ácida, frente a los riesgos de las centrales nucleares, frente al agujero de la capa de ozono y todas las contaminaciones que el hombre ha introducido velozmente en los últimos años de tal modo que la desertización se hace más notoria, está cambiando el clima porque la naturaleza ha sido demasiado castigada, y ahora pasa su factura.
Y ahora contemplemos lo que nos dice la historia. Aridane –es decir, lugar llano en lengua guanche- corresponde al territorio de una de las doce tribus prehispánicas de la isla. Era la jurisdicción más extensa, antes de que se segregara la villa de El Paso en 1837 y Tazacorte en 1925. De economía agrícola, su florecimiento dependió durante siglos de los denominados “pagos de señorío” de Argual y Tazacorte, en los que se ubicaban importantes ingenios de azúcar. El conquistador Alonso Fernández de Lugo repartió tierras entre sus colaboradores, y en 1513 aparece un caballero originario de Flandes, que castellaniza su apellido y se convierte en Jácome de Monteverde. Fue una etapa tan floreciente que el navegante portugués Gaspar de Frutuoso nos habla así: “esos dos ingenios y haciendas, que están valorados en más de doscientos mil cruzados, pues no se hacen en ellos menos de 7 u 8.000 arrobas de azúcar cada año, mo0liendo de enero a julio, sin cesar, con grandes provechos de mieles y remieles que envían a Flandes.” (Obra De Saudades da terra, fechada en 1590).
Viera y Clavijo, citando a Abreu Galindo, nos dice que “la isla de La Palma, que los naturales llaman Benahoare, como quien dice “mi tierra”, estaba dividida en doce reinos o cantones.” En primer lugar, “el círculo de Aridane, cuyo príncipe se llamaba Mayantigo o Pedazo de Cielo, nombre que le adquirió su agradable fisonomía y el genio popular con que se hacía amar de sus vasallos. Y, en fin, estaba el “círculo de Aceró (que hoy llaman La Caldera), el más incontrastable de todos, y su príncipe, llamado Tanausú, supo aprovecharse tan prudentemente de estas ventajas que fue el último terreno de la isla que se rindió a las armas españolas, después de una defensa desesperada.”
Cuando Viera da a conocer su Historia de Canarias –hacia 1772- nos da la siguiente descripción: “Los Llanos está a 4 leguas de Mazo, camino en cuesta, pues se monta a la cumbre, pero sin peligro y poblado de bosque. Como una legua antes está la ermita que dicen El Paso, o Nuestra Señora de Bonanza. Las más de las casas son terreras y en buen número arruadas. Abunda en frutos, por lo que están allí los mejores mayorazgos de la isla. La iglesia es de 3 naves, adornada y capaz. El curato es provisión del rey. Contiene toda la jurisdicción 4.194 personas repartidas en los célebres pagos siguientes: Tazacorte, Argual, Tacande, El Paso, Las Manchas, Triana y Calderetas. En Argual y Tazacorte están los dos famosos ingenios de azúcar de las casas de Monteverde, Vandale, Sotomayor, etc., a quienes pertenece todo aquel territorio y sus aguas, con jurisdicción cerrada, y el patronato de las tres ermitas de San Pedro, San Miguel y las Angustias. San Miguel está en Tazacorte, puerto de mar, cuya rada la forma el barranco de las Angustias hacia el Sudoeste, que llaman río porque corre todo el año.”
Habla también Viera del prestigio de que gozaba la isla “no sólo entre los españoles que la conquistaron y que navegaban a las Indias, no sólo entre los portugueses, los primeros amigos del país que hicieron en él su comercio, sino también entre los flamencos, que acudieron después a ennoblecerla, atraídos de la riqueza de sus azúcares o de la excelencia de sus vinos…”
El Valle fue –desde la propia fundación de la sociedad insular- la comarca más próspera. Los Llanos era el eje de esta economía floreciente, del comercio y los servicios, y por estas razones pasa a ser villa en 1868, y más tarde pasa a ser ciudad que va acaparando las funciones urbanas de media isla, declarándosele también cabeza de partido judicial.
Con sentido de orgullo y amor a las raíces, el hombre de la isla interior ha sabido salvaguardar buena parte de la cultura popular, que está hecha de lo que la tierra ofrecía y de que el hombre supo arrancarle.
Está claro que somos el resultado de una mezcla de pueblos y de entendimientos diversos de la vida: nuestros antepasados mezclados con los castellanos, los portugueses, los moriscos y judíos expulsados de la Península, las gentes de Flandes, Génova, Malta, Irlanda… algunos han llegado a plantearse que –puesto que nuestra esencia es resultado de la mezcla de otras muchas- nuestra característica básica sería la “no identidad”, la carencia de perfiles propios. Esta actitud contribuiría a mantener sin duda nuestro complejo de indefensión, nuestro relevamiento. Pero ahora las cosas comienzan a cambiar. Pues somos un pueblo atlántico que a pesar de vivir en una isla de paisaje prodigioso ha tenido que emigrar con frecuencia, para dejar en América nuestro espíritu de trabajo y nuestra nobleza. Y ahora tenemos que incorporarnos al mundo sin dejar de ser nosotros mismos.
Hemos tenido una historia difícil –con sequías, epidemias, volcanes, éxodos masivos- y es el tiempo de reverdecer los laureles de nuestro anterior prestigio, cuando La Palma fue sede de importantes movimientos culturales, cuando tuvimos un movimiento periodístico insólito para la pequeñez del territorio, cuando las ideas bullían y nuestros intelectuales mantenían contactos con las mejores universidades de la época, sobre todo americanas. Estamos, pues, en un tiempo de regeneracionismo y nuestro más importante reto va a ser el de asumirnos desde el pasado y proyectarnos hacia el futuro. Desde nuestro cielo los astrónomos otean las galaxias más lejanas, tenemos paisaje para atraer a miles de foráneos que buscan aquí un trozo de su paraíso perdido, nuestro agricultor es todavía un hombre capaz de defender sus raíces, hemos tenido la dicha de conservar los bosques centenarios y los parajes más sorprendentes, y si tenemos sentido común sabremos captar el interés de quienes aquí deseen invertir, ofreciéndoles el respeto a una arquitectura popular, la aceptación de nuestra peculiar idiosincrasia, la valoración de nuestro entorno rural.
Nuestro pueblo –que ha ido subiendo su nivel de desarrollo- necesita un ocio enriquecedor, con una llamada a la búsqueda personal. En la banda occidental de la isla, la más poblada y la de mayor peso económico, hace falta un ocio cultural que ofrezca espectáculos teatrales y musicales, expresiones artísticas, bibliotecas.
Y tenemos esta imagen de la Virgen de los Remedios, que data del siglo XVI, con rasgos góticos y origen flamenco. Tenemos esta fiesta de La Patrona y nos tenemos a nosotros mismos.
Por todo ello, ¡viva la fiesta de Los Llanos de Aridane)
(Pregón de las fiestas de La Patrona, Los Llanos de Aridane, 1990. Leído en Radio Nacional de España en Canarias)


1 comentario:

  1. Juan Calero Rodríguez5 de julio de 2015, 15:54

    Hermosa clase de historia y literatura.

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