sábado, 13 de septiembre de 2014

Arturo Maccanti: poesía del dolor


Hoy la poesía se disuelve entre los flashes de las redes sociales, todo es prisa, todo es espectáculo, todo es un tatuaje efímero, todo se olvida a los cinco minutos de un Twitter, miles de mensajes se superponen y enloquecen y los humanos parecen simios aplicados en escribir y recibir 20 whatsapps por minuto. La poesía se ha hecho clandestina, y, sin embargo, dentro de su insignificancia no deja de multiplicarse. Cada vez hay más poetas, jóvenes contagiados por la fiebre de las letras se empeñan en escribir, oficio poco práctico en tiempos de crisis total pero la crisis remueve las conciencias y escribir es un acto de rebeldía. Arturo Maccanti, poeta del dolor y la melancolía, nos ha dejado. Hijo de italiano y de portuguesa, nieto de una hebrea, nacido en una isla, crecido en otra. En este hombre prima la tristeza del recuerdo, la viva laceración de la insularidad que equivale a soledad. Ese hijo que se le murió con 4 años y que ya nunca lo abandonó, ese poema esencial que se titula “Columpio solo”, y es un álbum de emociones tan vivas que hieren: “Aunque el amor no acabe, / aunque el amor, columpio solo, / tú permanece fiel meciendo al aire, / meciendo al niño aquel que apenas pudo / llegar a ser mañana…”

La voz de este hombre mediterráneo y atlántico, este ser delicado y quejoso, trae los ecos de la más pura tradición local, desde Domingo Rivero a Alonso Quesada fluye esa lamentación por la existencia, esa desolación que trae la vida a los espíritus hipersensibles, ese pasar sufriendo sobre las brasas de las emociones, el tránsito de los años que dañan, el presentimiento de la muerte, la ruina progresiva de los recuerdos, la levedad de las vidas que borra el tiempo.

Para muchos de los poetas de la generación del 50 la isla, sometida a tantas dictaduras, era un espacio de sufrimiento, no era el espacio de luz y disfrute de los sentidos que perciben los millones de turistas que nos visitan, los miles de europeos que residen aquí durante los inviernos. Poeta y traductor de Saba, Ungaretti, Montale, Quasimodo y Cardarelli, versionador de Cavafis, Maccanti Lo decía Alfonso O’Shanahan, compañero precipitadamente desaparecido, noble compañero: “Arturo Maccanti tiene la angustia existencial de un Pavese, la profundidad de un Cavafis y la ternura de un Ungaretti. Además de ello, su bondad es machadiana y su temperamento insular se entronca con Alonso Quesada. De pocos poetas canarios podemos decir lo mismo… Yo quiero atreverme a asegurar que, con Arturo Maccanti, Canarias recupera uno de esos momentos en los que la poesía se constituye en la avanzada de las artes y en la muestra más elocuente del grado de espiritualidad de toda una cultura genuina.”

La ciudad donde vivía el poeta no es la misma que conocimos, ahora está muy decorada. El maquillaje le ha sentado bien a las casonas rehabilitadas, la calle Herradores tan pulcra, los comercios que siguen cerrando a la una. La Laguna, ciudad melancólica, tiene muchas dulcerías. Hoy es diferente a la oscura donde estudiamos, es peatonal y está pintada con tonos pastel, aunque su catedral todavía está en reparaciones posee tranvía. Para los de mi generación todo consistía en la Avenida Trinidad, La Carrera y unos cuantos bares donde echarte unos coñacs para el frío. Guerea solitaria. / Me he perdido en la plaza, / donde dejó la lluvia ilusorios espejos… Dicen los críticos que los poetas de Gran Canaria miran al mar, será por Tomás Morales, y en cambio los de Tenerife escriben sobre la tierra adentro, será por Viana y la escuela regionalista. Arturo Maccanti, poeta melancólico y sufriente por muchas cosas, ha sido la viva voz lagunera y su lugar mítico, Guerea, es de los pocos que han hecho fortuna en la literatura insular. De la playa de Las Canteras a la vega de Aguere, su voz se ha ido asentando en un recorrido que se configura como constante, disciplinado y creciente. Fugacidad, sombra. Para Jorge Rodríguez Padrón, “su escritura es, ante todo, la forma por medio de la cual se reconoce la carencia que siempre es la existencia.”

         En este lugar conventual, con rituales y viejas tertulias, el poeta fue redondeando su lamento: Soy una lengua ígnea / que se nutre de escombros. En noviembre de 1958 sucedió una tragedia, un niño se fue demasiado pronto y dejó huella indeleble, una costra de sufrimiento. Hay mañanas de lluvia en que a uno le apetece leer poesía, ponerse tierno y trascendente. Claro está que la plenitud del escritor no llega a los treinta sino a los ochenta, imprescindible paciencia la de este hombre profundamente herido, profundamente humano que ha muerto dejando atrás poemas que resplandecen, flores de olvido y reencuentro capaces de emocionarnos, esa ceniza de brasas calientes que exhala el cuerpo de un poeta que fue bueno y, sobre todo, fiel a sí mismo.Entonces echa mano a gente como Arturo que ha escrito con honesta tenacidad, desde sus sonetos garcilasistas a su lírica desnuda y sufriente, los óxidos del tiempo, la asunción del dolor que transmite cierta forma de esperanza. La vida es contemplación, otoño y bruma. El horizonte es tristeza, pero nunca resignación. Isla endeble, enfermiza: Póvero Gino, al fin / has cruzado el Adriático y has vuelto / a nuestra pobre tierra… La isla es atalaya escasa sobre el vacío, puede ser paralizante en sus emociones que maternalizan pero también es acicate para la rebeldía creadora. Un día el hombre pasará el umbral dejándonos poemas escritos tras ejercicios de meditación. Su obra -contagiada por poetas italianos que él mismo ha traducido-, y su mirada postromántica tienen buena salud, pero –como todo lo humano– está condenado al olvido. Palabra que arde en el crematorio de este siglo veloz, palabra de olvido que sin embargo tiene apariencia de eternidad.

 
COLUMPIO SOLO

(A mi hijo, 1964-68. Parque Municipal de Santa Cruz. Anochece)   

 ¿A quién meces, columpio solo? ¿Al viento
ruidoso y ciudadano?

Al pasar, te descubro en la tardía
luz del verano, como en sueños,
con tu vaivén donde un fantasma,
que golpea en el fondo de mi pecho,
todavía sonríe sin saber…

Cerca, un reloj de flores marca un tiempo
urbano, indiferente, entre risas de niños
áureos de sol atardecido, mientras
cruzo fugaz por la penumbra
de los árboles,
ya perseguido siempre
por mí, por el recuerdo
vagabundo de un sueño que fue vida.

Al pasar, se levanta la bandada
de palomas que vimos por costumbre
otros días con sol, bóvedas altas
sobre las que ha caído un mundo de silencio.

Aunque el amor no acabe,
aunque acabe el amor, columpio solo,
tú permanece fiel meciendo al aire,
meciendo al niño aquel que apenas pudo
llegar a ser mañana,
que se quedó en ayer,
y hoy cruza finalmente,
a pecho descubierto,
el vasto imperio de la sombra,
el hondísimo nihil…

LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO

(Madrid, 19…)

Tras la ventana crece el frío,
aire de todos, sortilegios
de la luz, enhebrándose
en los ojos, las ramas
desnudas, y se aferra
a un instante la vida,
pidiendo un día donde prolongarse,
desde donde saltar hacia el futuro
y no acabarse nunca, nunca.

Tras la ventana crece el frío,
se hace más alto el mundo,
y más allá, sobre los mares grises,
humea una patria de islas
que recuerdo y olvido.

Y yo caído en este lecho,
de la obra parte del cristal
ya perdido en las sombras
conscientemente retenidas
de este cuarto, en silencio
asisto a la caída
del Imperio Romano,
Fumo, releo un libro,
abro cartas antiguas,
rememoro a mis muertos…

LA TIERRA SOLA

Que tiene el mayor mar como camino
              Alonso Quesada

Mi pequeño país de inmenso cielo,
de inmenso mar,
he caminado por tu piel de tierra,
tu arboleda de alisios, tus litorales solos,
aspirando el olor, la savia de tus lavas,
en el aire que cumple mi edad y mi memoria.

Por la luz de tus cumbres descubrí el universo
la mañana primera, con otra luz ahora
que empiezo a desnudarme de sustancia,
que amo más tu hermosura a medida que avanzo
por las selvas del tiempo.

Me he desangrado sobre ti.
Tú siempre me has devuelto duplicada la sangre
Y más claro mi sueño.

Si he sido un hijo de tus soledades,
si sufrí como míos tus yugos y abandonos,
si amparaste a mis muertos, si das luz a mis vivos,
si nada te pedía a cambio del amor, mira, al menos,
cuando sea ceniza
que no me esparza el viento más allá de tu orilla

 
UNA NUBE DURANTE LA GRAN GUERRA
(En vida)

Hubo una vez una nube que cansada de serlo,
cansada de montañas y aires sin rumbo,
de los ríos inmensos de la tierra,
cansada de la sangre y la metralla,
descendió silenciosa y se posó en tus ojos.

Era el tiempo de la escarcha y de la nieve. Hacía frío.
Mucho frío, padre. Entonces tú, con tu infancia aterida
bajo el brazo,
cruzabas los caminos inclementes.

Eras pequeño a la salida de la escuela. Maestra Giulia
te daba dulces y lápices de colores, y en tus manos tristes,
más tristes que todo el universo,
mirabas aquellos tesoros incrédulo, asombrado.

En casa te llamaban con nombres de ciruela y almendra,
con nombres de manzanas y uvas moscateles,
y desde aquella época te entristeció el helecho,
porque un amigo tuyo, niño también, se murió alguna tarde
y con él adornaron las estancias dolientes.

En casa te llamaban con nombres olvidados,
con nombres que sabían a olorosas mañanas...
Florecía el cerezo, los olivos gozaban su verdor incipiente
en el cercano bosque de Varrámista,
el arroyo cantaba y andaban las muchachas de aquel tiempo
llenas, como la tierra, de sueños y esperanzas,
cuando en la fragua del destino aprendías el hierro
con tus pequeñas manos de universo tristísimo,
y un instante, lo que tarda una vida en nacer o en morir,
saltó una chispa clara para encenderte el alma.

Y encendida la tienes, padre mío sereno,
aunque una nube oculte su esplendor en tus ojos,
como al cielo de abril
celajes repentinos le ocultan su belleza sin término...

SARA NÓBREGA

Antes de despedirte para siempre,
me dejaste un libro y una estrella en la sangre.

Uno y otra venían de muy lejos,
llegaban de lo hondo
de una estirpe maldita.

Leí el destino. Era verdad
que estaba escrito. Comprobé
mis azares, por qué mi pie pequeño,
mi infatigable sensualidad,
mi fe monoteísta.

Extiendo la mano
para alcanzar los días aquellos
de tu infancia en Lisboa, en la trastienda
de un bazar, con espejos,
porcelanas azules, esmaltes y muñecas,
reposo de tus místicas saudades,
pequeña abuela hebrea.
                                    En el espacio
breve de un llanto,
miraste un día el sol poniéndose sobre los viejos libros.
Dijiste adiós, quién sabe qué dijiste,
y otro día de otoño de principios de siglo
a las islas llegaste con un bolso, una maleta y un libro.

Primera fundación,
limpio el aire donde alzar los altares,
jerusalem sin mancha
de las viejas creencias que heredé, que he olvidado.
Oh nunca Sara Nóbrega.

(La primera ilustración es una foto tomada en la inauguración del Museo Domingo Rivero)

3 comentarios:

  1. Magnífica reflexión y excelentes poemas de Arturo Maccanti.

    blog-rosariovalcarcel.blogspot.com

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  2. Un gran artículo y una atinada selección, amigo Luis.
    Un abrazo.
    Antonio Arroyo

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  3. Un enorme comentario de Luís León Barreto, sobre la vida y obra de un extraordinario POETA.

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