viernes, 10 de diciembre de 2021

Hijos del miedo dispuestos a sobrevivir



Esperanza y desesperanza, cara y cruz. Cuando pensábamos que después de habernos vacunado teníamos el control, estamos de nuevo desnudos ante las múltiples mutaciones de un virus que supuestamente “se escapó” de un laboratorio chino donde supuestamente estaban investigando estrategias sobre la guerra bacteriológica. Pensábamos en unas Navidades relajadas pero ningún pinchazo nos puede inmunizar del todo, ni podremos celebrarlo demasiado, ni vendrán muchos turistas. Menos mal que este 1 de diciembre hemos constatado que el sida ya no es la terrible enfermedad de los años 80, por suerte la hemos domesticado. Con los avances de la medicina, la esperanza de vida se incrementa aunque con estas pandemias no está muy claro que vayamos a vivir más. Los científicos buscan de forma incesante alargar la existencia, pero se han multiplicado las amenazas.

Como dice Rafael Chirbes en su magnífica novela Crematorio, transformada en una serie sobre las corrupciones en la costa mediterránea, nadie ha de pensar en el futuro, puesto que el temor al futuro es la raíz de todo sufrimiento. Los optimistas dicen que todo lo que ocurre en nuestro universo está sucediendo también en el multiverso, por lo que la vida nunca dejaría de existir, cuando morimos no desaparecemos del todo sino que nuestra energía se transforma. Entramos en una nueva edad, la de quienes vivirán hasta los 120. Cuando vamos por la calle vemos a septuagenarios y octogenarios vitalistas y con aspecto juvenil pero también contemplamos mujeres y hombres aparcados en silla de ruedas. ¿Cómo vencer el alzhéimer, el cáncer, el párkinson, la dependencia?

Nos dicen que dentro de treinta años nos gobernarán los robots y habremos alcanzado la sociedad posthumana, cuando vivan los humanos del 2050, y los efectos del clima se hayan agudizado porque las siete grandes petroleras no van a renunciar a sus descomunales beneficios. Y los chinos y casi todos los asiáticos están reivindicando la necesidad de seguir usando combustibles fósiles para llegar al desarrollo, no les falta razón porque occidente hizo lo mismo.

Estas islas casi paradisiacas tienen poca natalidad, pero seguimos creciendo por la inmigración, hay gente que quiere vivir aquí, aunque estar aquí suponga padecer la fatalidad de los volcanes y de la lejanía. Con los aviones podemos suavizar la presión de estar lejos, las aviones curan las bajonas, son el mejor invento del siglo XX. Y los psicólogos que atienden a los miles de damnificados de La Palma explican que en la vida suceden circunstancias difíciles de aceptar pero hay que valorar lo que se tiene, la vida, la familia. A pesar de todo, esta Navidad, dicen, hay que intentar disfrutar de la vida y la ilusión de seguir adelante. No es fácil.

                Murió la gran Almudena Grandes y las autoridades de Madrid ni se dieron por enteradas, qué mezquinas. Cuando murió Jean-Paul Sartre el presidente De Gaulle dijo: “Lo lamento, porque Sartre también es Francia”. Francia es una república laica con clase y donde se aprecia el talento, aunque venga de disidentes. Por suerte, como escribió el gran poeta gomero Pedro García Cabrera, la esperanza nos mantiene. Sólo tenía conciencia de que iba a nacer de nuevo / para estrechar la mano a los volcanes, / a la luz que se hiere en pestañas de ausencia, / a los barcos que no encuentran los puertos, / a los hombres que añoran su libertad perdida, / a las penas que salieron a recibirme por los caminos.

  

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