lunes, 22 de abril de 2019

La nueva vieja política


Da la impresión de que las campañas electorales a la antigua usanza interesan menos que un partido de 2ª B. Los políticos ya no convocan actos multitudinarios como en los primeros tiempos de la transición democrática, se acabó aquello de llenar plazas de toros, se acabó la grada curva repleta en el antiguo Estadio Insular cuando los poetas Agustín Millares y Pedro Lezcano incendiaban los auditorios, se acabaron los mítines acalorados; ahora los mítines se dan en espacios pequeños, en clubs de jubilados, por ejemplo, y nos vamos pareciendo a Europa porque ya no nos entusiasmamos, contemplamos la política desde una cierta distancia y desde una cierta indiferencia, como si no nos importara. Y los actos públicos de la campaña suceden en centros en los que la audiencia está constituida sobre todo por afines, por militantes, por gente que va a aplaudir sin condiciones. Cataluña, las pensiones, la España despoblada, la siempre mencionada pero nunca acometida reforma de la Constitución que a su vez entraña la reforma del sistema territorial, la baja natalidad, la inmigración, la eutanasia y alguna otra cosa constituyen el núcleo de las propuestas. Parece que estamos condenados a repetir errores, a no solucionar temas que vienen de viejo, y hay ya síntomas de que volveremos a caer en la alegría del ladrillo, como si este fuera el único impulsor de la economía nacional. Con el añadido de que en estas elecciones será importante que la abstención baje, de lo contrario se podría deducir que el ciudadano está molesto con toda la clase política, las corrupciones y los despilfarros, como si todas las opciones que se le ofrecen no le merecieran confianza suficiente. Y esa indiferencia hacia la cosa pública es bastante peligrosa, porque podrían triunfar los extremismos de un lado y de otro.
Está claro que hay un exceso de encuestas, y que no todas pueden ser verdad. Son tan dispares y en principio otorgan una mayoría tan clara al PSOE que muchos piensan en que se da un exceso de manipulación de los datos. Está claro también que para la izquierda se trata de frenar al nuevo tripartito, es decir impedir que se ponga el freno y la marcha atrás en derechos y libertades. Para la derecha, el objetivo es impedir que Sánchez abra la puerta al desguace de España por sus concesiones a catalanes y vascos. Los seguidores de Iglesias podrán estar algo confundidos por las crisis y las divisiones internas, crisis y divisiones internas que también afectan a los independentistas, divididos entre Puigdemont y otras opciones algo menos incendiarias. Como se ha escrito más de una vez, ahora el asunto es ocupar el centro político, aquel mismo centro que demandaba Adolfo Suárez en las constituyentes del año 77, el valioso centro deseado por la mayoría porque España no es exactamente de derechas ni tampoco es de izquierdas sino que sociológicamente aspira a la moderación y a que los conflictos se puedan ir resolviendo de manera civilizada. Entre otras cosas, la sociedad demanda que los políticos que salgan de las inminentes elecciones aprendan una asignatura que en Europa dominan sus colegas: la cultura del pacto, la costumbre de la coalición, la cultura de saber renunciar y negociar, la necesidad de limar asperezas y adecuar las pretensiones de cada cual para así ser capaces de conformar gobiernos estables. Si los políticos fracasaran en este intento, no sería raro pensar que los dos extremos ideológicos, Vox y Podemos, podrían adquirir mucho protagonismo, especialmente la ultraderecha que ya asoma en media Europa con apetencias de gobernar. En este escenario, parece que el nuevo líder del PP expone un discurso más radical que el de su predecesor Aznar y en cambio Sánchez se lanza a la calle con un verbo más posibilista, porque sabe que las corrupciones no solo han sido cosa del PP sino que también tumbaron al socialismo andaluz.
Sánchez sabe que no es el candidato ideal, sus rifirrafes con otros líderes territoriales del socialismo le han quitado el aura de virginidad que se le suponía hace tiempo. A Rajoy se le puede echar en cara su inmovilismo, ya que a comienzos de su gobierno el independentismo catalán parecía un fenómeno residual mientras que al final de su mandato el asunto ya estaba muy podrido. En comunidades como el País Valenciano la corrupción estalló por doquier, la política era cada vez menos un servicio público. Los ricos se han hecho cada vez más ricos y a los jóvenes no les llega un trabajo digno que les permita alquilar una vivienda, los jóvenes de ahora tienen difícil emanciparse y por supuesto que no piensan en tener muchos hijos, entre otras cosas porque no hay apoyos suficientes a la natalidad. Alguna culpa respecto al paro juvenil tendrá la regulación del mercado de trabajo, alguna culpa tendrá el desenfrenado incremento de los alquileres.
El dilema que se ve en dificultades para resolver tanto la vieja como la nueva política es resolver el empobrecimiento de la clase media, pues el crecimiento económico, la mejora de la economía, no se traducen en una mejora sustancial de las condiciones de vida de la mayoría. Pues tener un empleo digno es más que problemático, y los sociólogos se preguntan si podremos tener un modelo económico alternativo al turismo/construcción. Ya algunos aprecian síntomas de que podría llegar más pronto que tarde una nueva burbuja inmobiliaria.

Todos los partidos hablan de reducir impuestos cuando lleguen al poder, pero es una quimera, pudiera ser incluso una mentira tan grande como una catedral. Y lo peor es que se tiene la impresión de que los dineros públicos están mal administrados. Somos un país de pícaros donde la gasolina siempre sube por Semana Santa, somos una nación donde la Justicia funciona bastante mal, somos una comunidad sin pacto estatal de educación, somos una colectividad que después de tantos siglos de historia parece poco enhebrada, somos una tribu en la que cada cual quiere ser diferente del resto, de ahí que los nacionalismos tengan un caldo de cultivo tan surrealista como el hecho de que en Baleares no sean admitidos los médicos que no dominen el catalán, y por supuesto que ni jueces ni otros funcionarios son bien recibidos en los territorios donde ahora las lenguas regionales desplazan y ningunean al español que deberíamos hablar todos. Asuntos que en los países vecinos –Francia, Italia, Portugal, Alemania, etc.- han sido superados hace tiempo pero aquí reverdecen porque existe la tentación a volver a los reinos de taifas, aquello de Viva Cartagena libre. 

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