sábado, 29 de octubre de 2022

Pedro Fuertes, un viaje fin de carrera



Es muy difícil que una persona ajena a la alta sociedad o al ejercicio de la política desate un conjunto de opiniones laudatorias tras su fallecimiento. Pedro Fuertes, cura del Claret, devoto de la literatura y sobre todo buena persona, lo ha conseguido con creces, solo hay que consultar los espacios a él dedicados tras su fallecimiento a los 90 años y su funeral en la catedral. Me congratula comprobar la adhesión a su persona y a su más que merecido reconocimiento.

Nos conocimos en el otoño de 1972, octubre, cuando conseguimos algo fantástico en su momento: un viaje fin de carrera para los recién titulados en la Escuela Oficial de Periodismo de La Laguna, sección de la de Madrid, que nos llevó a permanecer casi un mes en Venezuela, luego fuimos a México y por último a Nueva York. Nunca se ha visto nada igual: que periodistas bisoños hicieran de aparentes embajadores de la España franquista en países que disfrutaban democracias consolidadas. Está claro que en esa época España no tenía relaciones con México porque allí todavía se refugiaba un buen pelotón de republicanos, y entre ellos algunos canarios de manifiesta importancia, como Bernardo, hermano de doña Lola de la
Torre, la musicóloga. Una vez superadas las sospechas iniciales, y tras demostrar que poco teníamos que ver con la dictadura, nos acogieron bien. Incluso Bernardo nos enseñó los ambientes republicanos que quedaban en la capital mexicana, vinculados con la cultura, y nos llevó a las impresionantes pirámides de Teotihuacán, un conjunto monumental. Inolvidable el dios de la lluvia, Tlaloc, en el Museo Arqueológico. Don Alfonso de Armas Ayala nos mandó recuerdos para importantes intelectuales de la época.

Era un grupo reducido de viajeros que habíamos terminado los estudios en aquella pobretona  pero significativa sección de la Escuela de Periodismo, de donde salieron nombres como Cristina García Ramos, Juan Cruz y Julio Hernández. En el viaje iban Herminia Fajardo, Antonio Cruz Domínguez, Manuel Perdomo Afonso, Alfonso García Ramos, el padre Fuertes y yo mismo. No todos cumplieron el trayecto completo, recuerdo que Antonio Cruz volvió a Gran Canaria porque por primera vez iba a jugar aquí la selección española, que empató 2-2 con la entonces poderosa Yugoslavia. Creo que Pedro sí cumplió la totalidad del viaje,

Pedro era profesor del Claret, pero sobre todo era buena persona. Por allí pasaron mis hijos y yo fui invitado a dar alguna charla a primera hora mañanera, antes de hablar de las letras canarias había que cumplir los rituales que allí se observaban: una misa, varios padrenuestros, a  las ocho de la mañana. Si me invitaba Pedro no podía negarme, sino que tenía que agradecerlo pues él era un hombre de la literatura, escribía y era un gran lector. Le encantaba explicar la asignatura, que sus alumnos atendieran. Y cuando nos encontrábamos por la calle exhibía una gran sonrisa, una muestra de su bondad y su filantropía, las últimas veces, ya bastante mayor, se le saltaban las lágrimas. Porque él era un sentimental y un personaje de otra época, de cuando las relaciones humanas eran más sencillas y transparentes, su actitud era la de un verdadero creyente, nada que ver con las actitudes de buena parte de la jerarquía católica, siempre tan poco acomodada a los tiempos, hasta el punto de que el papa Francisco no ha visitado este país y no creemos que vaya a hacerlo nunca.

Está claro que actualmente estamos encapsulados dentro de un sistema de relaciones insanas, la forma de vida al estilo norteamericano acentúa el individualismo y la competitividad. Se genera un tipo de conductas de insatisfacción e inadaptación y de ahí surge la soledad, el desamor y hasta el miedo. Todo lo contrario al Evangelio que predicaba el padre Fuertes, que ha tenido su gran homenaje póstumo.

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