
Zygmunt Bauman, el sociólogo que murió a los 91 años después de haberse hecho célebre con su definición de Modernidad Líquida, sociedad líquida o amor líquido para definir el momento que vivimos, explicó que se han desvanecido las realidades sólidas de nuestros padres, así ya no volverán ni el matrimonio ni el trabajo ni la residencia como conceptos estables, la familia ha sido vapuleada por la transitoriedad de las relaciones, el trabajo es trabajo-basura y las parejas generalmente duran poco, que se lo digan a los canarios, plusmarquistas del Estado detrás de los catalanes. Hay desesperanza del ciudadano hacia los aparatos de poder, consciente de que estos se hallan al servicio de una minoría que todo lo manipula en su beneficio. Las expectativas favorables de la economía vendrían a ser solo una engañifa, porque a la vuelta de la esquina cambiarán las circunstancias y lloverán decepciones, de este modo la modernidad líquida se transformará en la modernidad gaseosa, lejana y esquiva.
La volatilidad de la vida nos hace ser consumistas y en el fondo menos felices que nuestros antepasados, así ha aparecido un mundo más inestable, más provisional, la gente ansiado cosas y dejándose arrastrar por novedades efímeras, que dejan insatisfacción. Este polaco clarividente que vivía modestamente en Leeds, Inglaterra, pensaba que el ideal de la humanidad ha sido hasta ahora el construir cosas duraderas, tan resistentes como las catedrales góticas, o las fábricas de la era industrial. Opinaba que Dios creó cuanto existe, y puso leyes, pero de pronto comprobamos que la naturaleza es hostil, que somos muy poca cosa frente a los desastres. Hoy la mayor preocupación de nuestra vida es como prevenir y asegurar el futuro pero ya nada es como era, imposible prevenir que la realidad sea fija y segura. Por eso nos estamos acostumbrando a un tiempo veloz, las cosas no van a durar mucho, van a aparecer nuevas circunstancias. Y esto tanto sucede con las cosas materiales como con la propia evaluación que tenemos de nosotros mismos. Todo cambia de un momento a otro, hemos de ser flexibles y esto supone que no vas a estar comprometido con nada para siempre, sino listo para cambiar la sintonía, para variar de actitud en cualquier momento. Así se crea una situación líquida, pues los líquidos se mueven, son permeables y por ello alteran su forma, crean inestabilidad.
Y es que la modernidad líquida se convierte en un elogio del cambio y lo transitorio, la precariedad de los vínculos humanos. Ahora viene la edad del amor flotante, sin responsabilidad hacia el otro, y la sociedad se vuelve un ente incierto, cambiante, con la grave decadencia del Estado del Bienestar. Viviremos tiempos sin certezas, seremos libres pero individualistas y solitarios, con miedos, sin previsión de futuro. El progreso y sus contradicciones arremeten contra nosotros. Las pérdidas y las imprevisiones de los órganos financieros se nacionalizan, para que las pague todo el mundo, mientras que los beneficios se individualizan, quedan en manos de una minoría cada vez más poderosa. Y lo cierto es que por el camino se van quedando logros conseguidos durante la larga batalla: salarios dignos, convenios colectivos, pensiones, atención sanitaria, educación, ayudas sociales. Se quedó fuera de juego el derecho a un trabajo estable y bien remunerado, cuya pérdida genera problemas emocionales para muchos jóvenes que entran en el mercado de trabajo y sienten que no son bienvenidos. El futuro es una amenaza.
Para colmo, hemos sido noticia por una pelea entre dos hombres en un campo de fútbol de Telde mientras se desarrollaba un partido en el que intervenían hijos de los beligerantes. Hace un tiempo un niño de muy poca edad tuvo que intervenir también para separar a dos contendientes en una situación parecida, aquella foto dio la vuelta a España y fue valorada de manera muy positiva, todo lo contrario que ahora ha sucedido. Personalmente nos recordó el bochorno de la tarde en que la U.D. Las Palmas tenía ganado el ascenso a primera división y aquellas pandillas de energúmenos invadieron el campo. Y es que el paraíso subtropical en el que vivimos tiene sus luces y sus sombras muy marcadas.
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