Hace unos años los
norteamericanos, esos seres tan organizados y prácticos a los que tratamos de
imitar, nos colaron un aluvión de libros de autoayuda. Textos con buenos
propósitos, con gran éxito de ventas, a pesar de ser muy simplones. O quizá
justamente por eso mismo estaban destinados a triunfar en una ciudadanía con
pensamiento plano. Lo cierto es que con ellos podías aprender que lo fundamental
es tener una mente positiva, pues si estás predispuesto un río de dinero y de
felicidad pasa rozándote cada día de tu vida y solo has de estar en posición
receptiva para que se aleje la negatividad de tu mente y de este modo podrás
llenar tu vida con un buen trabajo. Así hallarás una excelente pareja, los
bolsillos repletos de billetes, a tu lado las buenas compañías, tus excelentes
relaciones personales. Conducirás un buen coche, gozarás una casa con piscina, te
invadirá el buen humor y la felicidad, tendrás amor y niños guapos e inteligentes, el mejor sexo sin
necesidad de viagras. En definitiva: una explosión de energía frente a la otra
tentación a la que estamos sometidos cada día, las caídas en el derrotismo por
la dificultad de encontrar trabajo, el problema de conseguir buenas relaciones
con los compañeros en tu empresa, los síndromes de culpa tras un desliz
amoroso, tal vez el arrepentimiento extremo después de un adulterio, el miedo
al cáncer, la soledad que te queda después de un divorcio, el pánico en sus
múltiples formas y apariciones, la angustia que nos entra cada vez que
visitamos un tanatorio porque un pariente o un amigo acaba de fallecer y cada
despedida se convierte en un duelo terrible. La muerte, esa tirana, constituye
el fracaso definitivo de cada uno de nosotros, pero hemos de sobreponernos a
ello cada día. Como se dice vulgarmente, todo tiene remedio menos la muerte y
algunos nos dedicamos a escribir, a componer, a crear arte, porque tenemos la
esperanza de que desarrollando esos actos en cierto modo tenemos unas muletas
con las que vencer a la muerte, menuda temeridad. Lo cierto es que todos vamos
a ser olvidados en cuanto mueran nuestros hijos, nuestros amigos, quienes
compartieron la vida en el mismo tramo temporal que nosotros.

El “pensamiento positivo”, el “coaching” y toda esa parafernalia son promocionados a mansalva en los medios. Todo esto es muy vendible: si se quiere lograr algo, propóntelo con fuerza y seguro que lo consigues. Se trata de un sermón optimista que falsea la realidad, porque cualquier triunfo en la vida exige mucha obstinación, constancia, paciencia, aplicación y no pocos tropiezos. Las películas con final feliz no responden a lo que sucede en la vida y los triunfos van acompañados de caídas, los éxitos a veces tienen un lado oscuro, que los trepadores profesionales suelen esconder. Cualquier persona ha conseguidos triunfos y derrotas casi a partes iguales, y el márketing de la felicidad es un bulo.
¿Qué nos queda? Mantener la disposición a rebelarnos, al menos mentalmente, de toda la basura que nos va a caer encima. Recordemos que al día siguiente de la jura del rubio teñido, el nuevo gobernador del planeta, cientos de miles de mujeres salieron a las calles para mostrar su desacuerdo con el prepotente misógino y personaje ignorante que nos ha tocado en desgracia. Y recordemos que el obsoleto sistema electoral de EEUU, la democracia más antigua del mundo, ha permitido que llegue al poder un tipo que sacó dos millones de votos menos que su oponente, Hillary Clinton. Un tipo que pasará a la historia por los disparates que ya ha comenzado a ejecutar, y soportar sus sandeces va a exigir más calmantes de lo habitual. O más libros de autoayuda, más coaching, más management personal; odio esta moda de meter anglicismos en nuestro rico idioma. Que por cierto le cae muy mal al Trump, por eso quitó la página en español de la Casa Blanca.
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