
Pues
bien, el gran novelista norteamericano Don Delillo ha publicado recientemente
su obra Cero K, una historia densa que cuenta las actividades de un centro en
el que llega a practicarse la eutanasia en personas con enfermedades terminales
a fin de poder iniciar el experimento. DeLillo es uno de los grandes narradores
norteamericanos, obsesionado con analizar los límites de la condición humana,
clásico desde que escribiera obras como Ruido de fondo y Submundo, y ahora nos
da ahora una novela fría y devastadora sobre la extinción. La utopía de los
endiosados que creen poder vivir más allá de la muerte física, a través de un
relato que contiene ciencia ficción y también ficción filosófica. La tecnología
y sus límites como telón de fondo, y los sentimientos de angustia y melancolía,
de ansiedad. En un país asiático, en un lugar que se intenta mantener en
secreto, existe un centro donde se congelan los cuerpos de quienes van a morir.
Una novela impactante que es un elogio a
la vida y a las sensaciones, con una reflexión sobre el arte, el terrorismo, la
identidad humana. El libro, de gran intensidad, te deja una sensación de
náusea, a través de unas páginas escritas con un halo de perfección. Autor de
16 novelas y 3 obras de teatro, ha ganado numerosos premios internacionales.
La
pregunta clave es si la ciencia sería capaz de encontrar todas las soluciones
para nuestros miedos y limitaciones, si la ciencia puede convertirse en un
nuevo dios, un becerro de oro al que todos hemos de rendir cuentas. Para los
agnósticos como yo, estas cuestiones tan solo incrementan las preguntas y dudas
que uno se hace cada mañana. Pues ahora que todo es tan rápido y tan
evanescente, hay soluciones médicas que llaman la atención porque rompen todas
las barreras de lo que antes se llamaba ética. Por ejemplo, forzando los
mecanismos de reproducción asistida hay mujeres que se quedan embarazadas con
62 años, incluso hay algún caso de septuagenarias que al tener un hijo a tal
edad están perturbando los límites de la lógica. Es lícito preguntarse si la
premisa principal de la criónica es que la memoria, la personalidad y la
identidad se encuentran almacenadas en la estructura y la química cerebral.
Esta premisa está generalmente aceptada en medicina. Además se sabe que la
actividad cerebral puede detenerse y después reactivarse bajo determinadas
circunstancias, aunque como regla general no se acepta que los métodos actuales
preserven el cerebro lo suficientemente bien como para permitir la reanimación de
la mente en el futuro. Para sus detractores la justificación de la práctica
actual de la criónica no está clara, dadas las limitaciones actuales de la tecnología
de preservación. Actualmente las células, tejidos, vasos sanguíneos, pequeños
animales completos y algún órgano de pequeños mamíferos se pueden criopreservar
de forma reversible. Algunas ranas pueden sobrevivir durante unos pocos meses
en un estado parcialmente congelado unos grados por encima de la congelación
pero no se trata de auténtica criopreservación. Los crionicistas responden que
la demostración de la reversibilidad de la preservación no es necesaria para
alcanzar el objetivo actual de la criónica, que es la preservación del cerebro
y que puede ser suficiente para prevenir la muerte teórica de información hasta
que sea posible repararla en el futuro.
Lo que sí está claro es que
la esperanza de vida se ha extendido de manera considerable, de tal modo que si
hace medio siglo años poca gente llegaba a los 60, lo cierto es que en los
próximos años cada vez habrá más personas centenarias. Pero en 2045, el hombre
será inmortal. Así lo afirma José Luis Cordeiro, un profesor de la Singularity University, institución
académica norteamericana creada en 2009 por la NASA, que ha participado en el
encuentro 'Inteligencia artificial y porvenir de la especie humana' de la
Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Ni el sida, ni el
cáncer, ni el hambre. Nada. En poco más de 30 años, ninguna enfermedad podrá
acabar con la especie humana porque, según asegura, "el envejecimiento es
una enfermedad curable". En 2029 tendremos artefactos del tamaño de un
ordenador capaces de sobrepasar el nivel de inteligencia del ser humano". Para
hacer semejantes afirmaciones, Cordeiro se basa en una corriente cada vez más
extendida y de la que ya se hizo eco la revista Time: la llamada
"singularidad tecnológica". Ésta apunta hacia el progreso tecnológico
y la llegada de la inteligencia artificial como las herramientas que acabarán
con la 'edad humana' y darán lugar a la 'edad posthumana'
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