Me cabrea que se pase la vida en el guasap, cada vez que entra el
sonsonete se pone como loca a leer y a responder. Todo el tiempo leyendo y
enviando mensajes sin parar.

Le cuesta desconectarse, cómo va a dormir si no
apaga. Tenemos que hablar. ¿De qué? le pregunto. De que ya no me
miras como antes. ¡Pero qué dices!, le respondo. No seas tontita. Imbécil serás tú, más que
imbécil. Y la que se armó. De noche me manda hasta treinta mensajes. No se fía
de mí, que yo la
controlo, cuando es ella la que quiere saber cada paso que doy. Me agobio
cuando veo la última hora a la que se ha conectado. Me agobio cuando está en línea a pesar de ser hora de de curro. Me pongo a abrir cuando
no tengo mensajes nuevos, abro por si Jennifer está ahí. No
duermo porque creo que me la está pegando con Marcelo, así que yo se la
pegaré con Jennifer.
Esta noche, que compartimos cama de matrimonio en un hotel, va y
se refugia en el baño para seguir con la matraquilla, debe estar comunicándose
con todas sus amigas y sus amigachos, tan dispuestos siempre a rescatarla. No
sé qué puedo hacer. De momento, le he escondido el cargador del móvil. A ver si
se aburre.
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